martes, 17 de noviembre de 2015

Breve reflexión sobre la guerra contra el Estado Islámico.

Cuando las naciones están dispuestas a morir por preservar sus ideales, y cuando esos ideales se plantean profundamente opuestos e irreconciliables, entonces la guerra es inevitable.
Mientras, de manera consecuente con la fe que profesan, los yihadistas anhelan un estado regido por su religión y luchan por instaurarlo, los defensores de la democracia y los derechos humanos, también de manera consecuente con estos principios, reclamamos la libertad de culto y que los Estados sean democráticos y Laicos. Este, en último término, es el problema que debería resolver la actual guerra contra el Estado Islámico.

Nótese que no utilizo ningún término tendencioso y menos peyorativo contra los yihadistas. Ante todo cualquier ser humano que es capaz de ofrendar su vida por un ideal, merece todo nuestro respeto; sin importar que esos ideales sean contrarios a los nuestros. El llamarlos fanáticos o aplicarles cualquier otro adjetivo para descalificarlos, es injusto. Basta con asumir que es nuestro enemigo y que está dispuesto a matarnos, por lo que debemos asumir nuestra defensa.

Y tampoco quiero pecar de candidez pretendiendo que los aliados (34 países, entre los cuales se cuentan los más poderosos del mundo, excepto China) emprendieron la guerra por la defensa de los derechos humanos y la democracia. No tengo la menor duda que en su intervención priman los cálculos de posibles réditos económicos y políticos. Sin embargo, tendrán que asumir que mientras existan estados que nieguen y proscriban nuestros derechos fundamentales, como la libertad de culto, y proscriban los avances de la democracia moderna, siempre existirá el peligro de ataques como los sucedidos en París la semana pasada, la paz mundial siempre estará amenazada.

Los aliados tendrán que deponer todo cálculo político o económico y anteponer la defensa conjunta de la democracia y los derechos humanos para derrotar al enemigo yihadista. Y tendrá que ser en el campo de batalla, soldados contra soldados.

viernes, 22 de mayo de 2015

EL DUEÑO DEL PALO (un cuento breve)



Allá por la década de 1970, en el pequeño pueblo amazónico donde crecí, la casa donde de niño yo vivía con mi padre y tres hermanos, de los cuales yo era el segundo en edad, tenía un patio enorme, lleno de enormes árboles frutales, tan enmarañados que yo jugaba a ser Tarzán. Incluso llegué a construirme una pequeña cabaña en medio de esa “selva”. No puedo dar una razón pero yo jugaba la mayor parte del tiempo solo a pesar de tener un hermano y dos hermanas y aunque era costumbre infundir temor a los niños sobre los peligros de andar solos lejos de la casa. Por supuesto la forma más extendida de mantener controlados a los niños eran las historias de duendes. Como en la mayoría de las culturas, nuestros duendes eran personajes con características muy regionales, que se cubrían con un gran sombrero de saó y engatusaban a los niños para raptarlos y no devolverlos más. A pesar de que, como dije, estos cuentos eran utilizados para intimidar a los niños, la mayoría de los adultos creían en su existencia real. Era frecuente encontrar caballos con las crines trenzadas y a nadie le cabía duda de que era obra de un duende que los había montado para hacer quién sabe qué fechorías.

Nuestro duende era verdaderamente malicioso. Pero a este personaje se le sumaban otros más terroríficos y perversos, que pululaban en las noches, como el “pata de caballo” y el “silbaco”. El “pata ´e caballo” era el mismo diablo; encontrarse con él era algo que nadie querría. El “silbaco” era un misterioso ser, que nadie ha visto sino apenas oído, cuyo silbido terrorífico significaba desgracias donde se oyere.

Vivía yo, pues, en ese ambiente de fantasía y temores, por lo tanto no es de extrañar que haya sido muy receptivo a las historias que se contaban como reales.

Por ese tiempo, una muchacha de ascendencia indígena trabajó como doméstica en nuestra casa. Yo tenía unos siete años y escuchaba con gran interés y curiosidad las frecuentes historias que ella nos contaba. No eran cuentos, al menos eso explicaba ella, sino cosas de la vida real. Entre sus historias existían algunas versiones de biografías y milagros de santos que fueron traídas por los evangelizadores y que se convirtieron en parte esencial de la nueva cosmovisión que generó la evangelización en nuestros pueblos amazónicos. Pero también contaba otras historias que eran muy propias de ellos,  como la existencia del Dueño del Palo.

El Dueño del Palo es, en otras palabras, el Señor de los grandes árboles. Pero no es un solo individuo, sino que cada gran árbol tiene su Dueño del Palo. Estos seres, que, por las cosas que se saben de ellos, tienen forma humana, son de consistencia tal que moran en el interior de un árbol igual que una persona puede morar en una cueva o un animal en su madriguera. En ocasiones estos seres se reúnen en los más grandes árboles para confraternizar o para tomar decisiones. No se sabe si nacen y mueren o si han existido siempre, pero son poderosos dueños de todos los árboles existentes a su alrededor, así como de todos los seres que habitan en ellos. Cuando un ser humano huella esos remotos lugares en busca de caza el dueño del palo lo atrapa manteniéndolo alrededor suyo hasta su muerte. Algunos que han logrado escapar cuentan que por más que se alejaban del gran árbol donde moraba el Dueño del Palo, siempre volvían a éste. Y así hubiesen muerto de no ser porque otros cazadores que pasaban por allí escucharon sus gritos de auxilio y fueron a rescatarlos. El Dueño del palo no suele atrapar a personas en grupos numerosos, quizá porque entre ellos van niños y mujeres inocentes; pero se han dado casos de grupos enteros de cazadores que han muerto atrapados por el poderoso y ofendido Dueño del Palo.

El Dueño del Palo es el cuidante y protector del monte y de todos los seres que lo habitan. No se conocen los límites de los territorios de cada uno de ellos pero se sabe que en conjunto lo abarcan todo. En general permiten a los hombres cazar y recolectar siempre que no lo hagan demasiado cerca de los grandes árboles que son sus moradas. Los Dueños del Palo no sólo cuidan y protegen el monte, sino que el monte es una extensión de ellos, es parte de ellos. Sin ellos el monte no puede existir y este es un misterio similar al de la Santísima Trinidad.  Se cuenta de una tribu que ávida de caza decidió derribar el gran árbol que amenazaba con atraparlos, y hacha en mano socavaron el gran tallo hasta lograr que cayera. Fue lo pero que pudieron haber hecho. Al poco tiempo los demás árboles languidecieron y toda la exuberancia del monte desapareció junto con los animales que la tribu ambicionaba cazar.

Cuando era estudiante universitario me enteré de que la creencia en el Dueño del Palo era común a muchos pueblos amazónicos y de que existían estudios que afirmaban que esa creencia tenía bases empíricas. La creencia de que los grandes árboles atrapan a los cazadores se había originado en el hecho de que los seres humanos, cuando carecemos de referencias que nos permitan seguir una determinada dirección, tendemos a caminar en círculos, y los indígenas caían en cuenta de que caminaban en círculo cuando reconocían el mismo gran árbol, concluyendo que éste los atrapaba. Asimismo, se sabe que los grandes árboles prácticamente generan un pequeño ecosistema a su alrededor, por lo que al desaparecer él, este ecosistema también desaparece. Fue entonces que recordé esas historias de los dueños del palo que nos contaba esa lista muchacha cuando mis hermanos y yo éramos niños. Como era muy niño, ya no recordaba los detalles de esas historias, así que cuando volví a mi pueblo fui a buscar a la simpática muchacha de los cuentos, quien lógicamente, después de más de quince años, ya era una mujer adulta aunque todavía joven. Para mi sorpresa y decepción, cuando le pregunté por las historias del dueño del palo me dijo categóricamente que ella no sabía nada sobre esas creencias ni conocía ninguna historia que se parezca.

No quise pensar en los motivos por los que esta señora cuyo nombre y rasgos yo recordaba muy bien, negó haberme contado esas fantásticas historias. Pero es posible que ella no me recordara con la misma intensidad con que la recordaba  yo. Hasta es posible que no guardara ningún recuerdo de mí. Después de todo estuvo con nosotros apenas unos dos o tres meses. Pero ese era el tiempo que duraba una vacación escolar, y fueron, para el niño que era yo, una larga temporada, después de la cual yo había encontrado a todos mis compañeros de escuela mucho más crecidos.

Pero además de esas historias yo recordaba haber escuchado otras, de otras personas, en esos años de mi temprana niñez. Por lo tanto decidí preguntar a la gente oriunda del lugar qué podía contarme del dueño del palo. Quedé más sorprendido aun cuando sin excepción todos negaron conocer nada al respecto. Entonces sí me quedé pensando en lo que ocurría o había ocurrido. Y lo que concluí era terrible.
El progreso había llegado a ese pequeño pueblo cuyos habitantes eran minoritariamente de origen indígena. En los últimos quince años ningún niño había aprendido el idioma indígena que hablaban los antiguos habitantes del lugar. Las personas de las que yo escuché repetidas veces las historias del dueño del palo eran los ancianos de entonces. Las personas de mi generación había dejado de utilizar las pocas palabras de ese origen que solían usarse cuando niños, y ávidos de la cultura insurgente, habían olvidado pronto esas historias desconocidas.  Era una cultura que había muerto.

jueves, 26 de marzo de 2015

LA LIBERTAD DEBE SER CONQUISTADA

Después de muchas de dudas y de muchos esfuerzos por superarlas, he tenido que quedarme todavía con muchas de ellas. Pero debía terminar este capítulo, así que redacté lo mejor que pude esta percepción de la libertad. Espero contribuya en algo al objetivo de una sociedad mejor.


LA LIBERTAD DEBE SER CONQUISTADA

Hasta aquí hemos arribado a dos conclusiones principales: 1) los seres humanos somos esencialmente nuestro cuerpo físico pero nuestra conciencia puede determinarnos y 2) el error de toda filosofía de la existencia es abstraer al individuo de la sociedad, siendo éste parte inseparable de ella. Estas dos conclusiones nos llevan, en estricta lógica, a otras muchas, una de las más importantes se refiere a la libertad.

El problema de la libertad es fundamental porque determina nuestra responsabilidad. Si somos completamente libres entonces somos completamente responsables de todos nuestros actos. Su importancia radica en que puede mostrarnos hasta dónde podemos condenar y hasta dónde debemos socorrer a nuestros semejantes.
Dice Baruch Spinoza (que en mi opinión es quien más se acerca a la realidad en este aspecto)  “el hombre está determinado por leyes universales que lo condicionan mediante la ley de la preservación de la vida. Ser libre es regirse por la razón frente a la sumisión”.  Por otra parte, Spinoza también afirma que la actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre. Expongo estas citas de Spinoza porque considero que abarca dos aspectos fundamentales (La razón y el entendimiento) que nos permiten conquistar la libertad en su mayor amplitud.

Anteriormente ya hemos afirmado que la libertad se debe conquistar y que sus principales determinantes son nuestra naturaleza y la sociedad. Recapitulando lo dicho: la libertad tiene que ver con nuestra naturaleza como seres humanos y con lo determinado por nuestra herencia genética, es decir con nuestras características individuales, por una parte, y con lo determinado por nuestra herencia cultural, es decir por la sociedad, por otra. Todos nacemos con las mismas necesidades primarias (nuestra naturaleza humana) y estamos condicionados por la moral y las leyes de cada tiempo y lugar (nuestra herencia cultural) pero con distintas maneras de enfrentar las mismas situaciones (es nuestra herencia genética).
Pero trasversalmente a esos tres aspectos, la libertad está determinada por la capacidad material de la sociedad para satisfacer las necesidades naturales de sus miembros y las que ella misma genera en ellos para acceder a una vida con ciertos estándares de bienestar, estándares que cambian con cada tiempo y lugar.

Entendiendo que en la realidad todo está íntimamente interrelacionado y que su separación en partes sólo es una abstracción con fines prácticos, los aspectos desagregados de las tres determinantes de la libertad son:
Determinante 1. La naturaleza humana

a)      Los instintos que nos permiten sobrevivir y reproducirnos
b)      Nuestra condición gregaria

Determinante 2. Nuestra herencia genética
a)      Nuestras características físicas
b)      Nuestras características emotivas
Determinante 3. La sociedad

c)       La moral y las leyes.
d)      El desarrollo del conocimiento o la conciencia de la realidad
e)      La capacidad de la sociedad para satisfacer las necesidades naturales y sociales
Desde los albores de la humanidad los instintos que nos permiten sobrevivir y reproducirnos son los primeros condicionantes de nuestra libertad. No puedo decidir tener hambre o no, o tener libido o no. En este ámbito la libertad comienza cuando estos instintos están satisfechos. Entonces podemos decidir qué hacer con el tiempo que nos quede libre. Por otro lado, nacemos como parte de un grupo, sea pequeño o grande. Todo lo que hagamos estará en función de nuestras relaciones de grupo. Nuestra libertad está determinada por la organización del grupo.

Es evidente que nuestras características físicas limitan nuestras aspiraciones en algunos campos, como los deportes, aunque estos campos son cada vez menores. Sin embargo, nuestras características emotivas nos determinan en mucha mayor medida, pero de forma mucho menos evidente. Muchas personas reaccionarán de formas muy diferentes y hasta opuestas ante las mismas situaciones. La diversidad de los seres humanos hace que lo que para unos es una necesidad para otros es una molestia. Lo sensato es no exigir ni esperar lo mismo de todos. Ejemplos sobran. Sobre gustos no hay disgustos. Es nuestra herencia genética. Aquí aplica el adagio “Tu libertad termina donde comienzan mis derechos”.
La moral y las leyes nos determinan en sumo grado. Pero para empezar debo destacar que parto de la constatación de que la moral ha evolucionado y evoluciona hacia el bien común, en tanto el desarrollo de las fuerzas productivas permite una mayor satisfacción de las necesidades y el conocimiento científico nos da mayores luces. No desmerezco las consideraciones de Nietzsche en su “Genealogía de la Moral” ni niego que la moral dominante refleja los intereses de los sectores dominantes de la sociedad, como tampoco niego que la moral y las leyes han servido y servirán tanto para frenar nuestro desarrollo como para impulsarlo; pero sostengo que en su evolución y universalización la moral se acerca cada vez en mayor grado al interés del bien común, los intereses comunes, como la justicia, la paz, la libertad, la solidaridad, la fraternidad, la igualdad de derechos y oportunidades, el altruismo,  y otros muchos valores  que la humanidad ha desarrollado en función del bien común.  El grado en que nos determinan la moral y las leyes se hace más evidente cuando comparamos distintas épocas y distintos lugares. Para los vikingos era perfectamente aceptable matar para apropiarse de los bienes ajenos. Se cuenta de un rey vikingo que habiendo encontrado una casa sin su dueño, tomó varias cosas y se las llevó, pero a poco de alejarse sintió vergüenza por haberse comportado como un vulgar ladrón, y regresando a la casa, esperó a su dueño y le dio muerte; solo así pudo irse tranquilo. Pero la moral y las leyes de una sociedad frecuentemente se enfrentan a una moral distinta en distintos grupos de personas y hasta en distintas personas. En algunos aspectos cada uno tiene su propia moral. Existen la moral del criminal, la moral del oportunista, la moral del virtuoso, etc. Es importante recordar que existen ciudades donde se devuelven los objetos perdidos y ciudades donde nos pueden quitar la vida por quitarnos esos mismos objetos. Esto demuestra que la sociedad es responsable de la delincuencia tanto o más que los propios delincuentes. La miseria y la ostentación están en la génesis del ladrón y el bribón.

El desarrollo del conocimiento y la conciencia de la realidad son sin duda la base de la libertad. El desarrollo del conocimiento es algo que se percibe y se comprende con total claridad.  Nos permite el dominio de la naturaleza a través del desarrollo de tecnologías. Nos permite vencer y erradicar enfermedades y plagas o fabricar instrumentos y objetos maravillosos aplicando procesos que podemos repetir y mejorar. La conciencia de la realidad es igualmente importante pero mucho más sutil. Nos permite del desarrollo de la moral y las leyes. Como ejemplo podemos mencionar la prohibición de las drogas.  Estas leyes y preceptos morales asumen que las drogas son malas y el narcotraficante es el culpable de su consumo. Sin embargo su prohibición incrementa su consumo y genera males inconmensurablemente mayores al que pretende evitar. Las drogas son peligrosas y su consumo y fabricación requieren extremados controles y mucha información, pero el prohibirlas origina todo lo contrario; se fabrican si ningún control y se origina un negocio cuyas exorbitantes ganancias inducen a los hombres a toda clase de crímenes; las muertes por intoxicación son muy pocas compradas con las muertes por narcotráfico, y para agravar la cosa las intoxicaciones son mayormente debidas a la adulteración de las drogas. Otro ejemplo es la obligación de usar cinturones de seguridad cuando se conduce bajo pena de multas y otras sanciones; es vano obligarnos a cuidar de nosotros mismos mientras conducimos, cuando somos libres de tomar toda clase de riesgos en deportes extremos; basta con que los fabricantes de carros tengan la obligación de incluir cinturones de seguridad para que el conductor pueda hacer uso de ellos cuando lo considere pertinente; no podemos prohibir el suicidio con pena de muerte. La conciencia de la realidad es el proceso más complejo y difícil para la conquista de la libertad, puesto que requiere que esa conciencia sea colectiva.

Finalmente está la capacidad que tiene una sociedad para satisfacer las complejas necesidades de sus miembros. Pero su relación con la libertad es menos evidente. Sin embargo podemos afirmar que hay cosas que todos hacemos simplemente por necesidad, y no las haríamos si tuviéramos la libertad de no hacerlas. Nuestras necesidades determinan y limitan la libertad, y es únicamente la sociedad la que puede satisfacerlas. Imaginemos una sociedad tan bien organizada que tenga cabida y remuneración para todas las vocaciones, gustos y capacidades. Sería la sociedad de la libertad.
Lo que pretendo demostrar con estas pequeñas consideraciones, es que al no ser completamente libres no podemos ser completamente culpables. Es necesario aislar al criminal como protección a la sociedad y es necesario castigarlo como testimonio de su desavenencia con ella. Pero eso no debe eximirnos de nuestro deber de socorrerlo, de nuestro esfuerzo por redimirlo.