viernes, 4 de abril de 2014

LA EXTRAÑA ENFERMEDAD

Mientras estoy redactando mi versión sobre qué es lo esencial del ser humano, si el cuerpo o la mente, aquí les dejo un cuento corto, para variar.


LA EXTRAÑA ENFERMEDAD

Ocurrió en un municipio de la extensa y hospitalaria provincia cordillera. Es lo que le sucedió a una guapa señora cordillerana de mediana edad, quien además había adquirido ciertas sofisticaciones muy poco comunes en aquellas tierras de gentes sencillas y trabajadoras. Habíase propuesto hablar pronunciando la  “i” en vez de “ll”, porque se parecía al acento de los artistas que se ven en las telenovelas, como no ocurría con el conservador acento oriental. Así en vez de decir llevar, decía “ievar”, en vez de llanta, “ianta”, y toda palabra que tenía elle era "elegantemente" transformado. También conocía dietas y suplementos para comer sin engordar, trabajar sin cansarse y vivir sin envejecer. Algunos de estos conocimientos eran secretos que no compartía con nadie. Y realmente parecía que le funcionaban muy bien, puesto que se veía siempre esbelta dinámica y lozana… y con un carácter muy simpático y encantador.

Pero su buena disposición pareció abandonarla cuando fue víctima de una extraña enfermedad, la cual la iba minando progresivamente. Los signos y síntomas que iban apareciendo eran extremadamente preocupantes: al comienzo se notó que tenía el cabello más grueso y escaso, alopecia de las cejas, piel áspera y seca y labios agrietados. Más tarde sufría de cefalea intensa y debilidad generalizada. Después sufría de anorexia, náuseas y vómitos. En un diagnóstico médico se leía polidipsia, poliuria y prurito, lo que significaba que sufría de sed excesiva y orinaba demasiado, además de sufrir comezón en el cuerpo. Luego fueron notorias la debilidad muscular, fatiga, náuseas, nerviosismo  y una ataxia sensitiva progresiva, a lo que se sumaron la alteración del sentido de la posición y las vibraciones en las extremidades inferiores. Su salud se iba deteriorando sin que ninguno de los médicos que consultaba diera con el diagnóstico acertado. También recurrió a toda clase de curanderos pero sin tener mejor suerte.  Realmente se sentía al borde de la muerte.

Para su suerte, una brigada de médicos voluntarios que realizaba una campaña de algunos días con consultas gratuitas en el municipio acertó con el diagnóstico de su mal. Resultó finalmente que sufría de hipervitaminosis, una intoxicación por la ingesta de unos suplementos vitamínicos con altas dosis de vitaminas A, D, E, C, B6, y otras de menor incidencia, que nuestra bella dama había comenzado a tomar pensando en compensar las fatigas y tensiones de su vida diaria y cuyo consumo había aumentado cuando su salud comenzó a deteriorarse, agravando así su estado. Bastó con suprimir su ingesta para que se produzca una rápida y notoria recuperación de su salud.
Uno de los médicos, muy prendado de la simpatía de nuestra guapa dama, le comentó en franca confianza: La única manera experimentalmente comprobada de mantenerse sana y con buena figura es comer con moderación, y además es los único que prolonga la juventud, ya que incluso los antioxidantes resultaron ser inútiles para eso. También le dijo que observe su ganado, y vea que existen algunos que comen mucho y no engordan, pero no existe la posibilidad de que alguno engorde sin comer, por eso, si alguien está con sobrepeso es porque está comiendo demasiado.
Con la salud repuesta pero con el recuerdo de la congoja que había sufrido, nuestra heroína concluyó que ya estaba cansada de dietas y suplementos y decidió dedicarse a cuidar de su hacienda y disfrutar de todo lo que esa tierra bendita le había dado, y que los años y el sobrepeso den testimonio de ello.

miércoles, 26 de marzo de 2014

EL HOMBRE Y SU EXISTENCIA


EL HOMBRE Y SU EXISTENCIA

I
LA EXISTENCIA DE DIOS

Si Dios existe seguramente se pregunta todavía de dónde diablos salió él. Sin embargo, para el ser humano, remitir la existencia del universo y de la vida a la creación de un Dios, lejos de ser una respuesta para nuestro inquieto espíritu sediento de entendimiento y explicaciones,  sólo nos traslada el problema al origen de Dios y de su naturaleza. Y en este campo, como no es posible diseñar experimentos medibles, repetibles y comprobables, nos condenamos inexorablemente a la ignorancia absoluta.  La humanidad ya tuvo más de mil años de oscurantismo por esa actitud.
Una expresión muy usada por los religiosos debido a su apariencia axiomática es “Tanta maravilla de la naturaleza no puede ser producto de la casualidad, tiene que haber una inteligencia detrás”. Pero si las maravillas que vemos fueron creadas, su creador tiene que ser una maravilla todavía mayor (infinitamente mayor), entonces ¿Cómo pretender que si una maravilla menor tuvo que ser creada, una maravilla infinitamente mayor no necesite creador? Lo mismo ocurre con cualquier otra explicación que nos remita a voluntades o seres superiores. No puede menos que hacernos sonreír la pretensión de explicar el origen de la humanidad como alta genética extraterrestre;  se parece a la afirmación de una anciana beata que decía que la tierra está sostenida por una tortuga, y cuando le preguntaban sobre qué se sostenía la tortuga respondía que obviamente sobre otra tortuga.
Pero la existencia de Dios es, en cierto grado una cuestión de edad, pues todos crecemos y nos educamos con la omnipresente idea de Dios rigiendo nuestros destinos, vigilante y amenazador (aunque al mismo tiempo se nos dice que nos cuida y nos protege). Así, cuando superamos la adolescencia y nos enteramos que existen inamovibles leyes que rigen el universo, que todo tiene una causa y un efecto, la idea de un Dios que mueve todo a su voluntad tiene que desaparecer, aunque no necesariamente la idea de un Dios en general. Detrás de cada frontera de la ciencia siempre habrá lugar para un Dios personal. Eso lo saben los grandes científicos. 

Es una gran paradoja que todo tiene una relación de causa y efecto pero en el origen de todo sólo existe el azar. Pero la mayor paradoja de todas, al mismo tiempo maravillosa y horrible, es que la vida evoluciona al mismo tiempo que el universo envejece. Y si consideramos que todo fenómeno es transitorio, es decir que el universo mismo es simplemente un fenómeno transitorio, podemos concluir que la existencia de la vida en él es un fenómeno infinitamente más transitorio.

Sólo una mente tan brillante como la de Descartes vislumbró, mucho antes de conocerse todo lo que hoy se conoce, que el universo es un devenir de fenómenos que no podemos aceptar como reales sólo por las manifestaciones que de ellos percibimos. Es preciso dudar de todo, y había que dudar incluso de nuestra propia existencia. Es decir necesitamos encontrar una prueba de que realmente existimos y Descartes nos la mostró: nuestra conciencia. La prueba de que existimos es que pensamos y somos conscientes de ello. Pero esta constatación implica que no somos un cuerpo material. Nosotros poseemos un cuerpo, nuestro cuerpo, pero no somos ese cuerpo. Precisamente esta es una idea común en casi todas las religiones, pues todas hacen referencia a un espíritu o ente inmaterial como nuestro verdadero ser.
Aunque en el origen de todas las religiones subyace nuestra infinita nostalgia por la eternidad o, lo que es lo mismo, el escondido rechazo a nuestra intrascendencia, Descartes fue más allá de simples dogmas y creyó ver la prueba de la existencia de Dios en la constatación de que nuestro verdadero ser es más que sólo nuestro cuerpo. 

Como buen lector de Basch Spinoza, Albert Einstein, quizá la mente más brillante de todos los tiempos, capaz de adelantarse a los resultados de los últimos cien años de experimentos (aunque queda pendiente la mecánica cuántica), sostenía que no se debe separar el cuerpo del alma, que el cuerpo y el alma son una sola cosa. Esto se contrapone  frontalmente a la percepción de que no somos este cuerpo, y es algo que también constatamos a diario cuando nos definimos como jóvenes o viejos en función de la edad de nuestro cuerpo (de nuestra edad).

Intentaré mostrar una respuesta a esta contradicción en el próximo capítulo.



II
EL SER HUMANO ES ESENCIALMENTE SU CUERPO FÍSICO


La cuestión primera entonces es dilucidar si somos solamente un cuerpo físico con conciencia, o si somos un ente no físico (una conciencia) con un cuerpo físico, es decir, si somos esencialmente nuestro cuerpo físico o somos esencialmente nuestra conciencia.
Si pretendemos demostrar lo primero sobrarían evidencias, pero tampoco faltaría evidencias para demostrar los segundo. Como evidencia de que es nuestro cuerpo lo que nos determina podemos decir simplemente que hay mujeres más bellas que otras;  y como evidencia de que es nuestra conciencia lo que nos determina podemos mencionar una persona en estado vegetativo.

En filósofos existencialistas como Sartre se percibe una prevalencia, de una u otra manera, de la conciencia sobre el cuerpo como la esencia del ser humano: “Estamos condenados a ser libres” o “nunca fui más libre que cuando estuve prisionero”
Pero qué distinto puede ser todo si asumimos que lo esencial es nuestro cuerpo físico y que éste determina nuestra conciencia, aunque nuestra conciencia puede transformarse y transformarnos.

Físicamente podemos mejorar nuestro aspecto, transformarnos, en grados muy apreciables. En los varones un buen traje, un corte de pelo, una barba bien afeitada o bien delineada pueden mejorar nuestro aspecto. Las mujeres suelen vestirse y maquillarse con resultados sensacionales. Además son muy comunes radicales transformaciones por obra de cirujanos plásticos. Sin embargo nuestra conciencia puede transformarse y transformarnos en grados insospechados. Son comunes las historias de gente que se “transforma” por distintas causas, porque cambia su suerte o porque vive ciertas experiencias. Las transformaciones en nuestra conciencia nos transforman físicamente mucho más notoria y profundamente que una cirugía plástica. Una persona humillada cambiará rotundamente de aspecto si adquiere orgullo. Nuestra actitud es parte notoria de nuestro aspecto físico.
Pero nuestra conciencia es también un proceso físico resultado de la actividad y naturaleza de nuestro cuerpo. Un amigo mío, Germán Delgadillo, definió de una forma clara y sencilla un par de conceptos que ilustran lo dicho: “Un inquieto espíritu sediento de entendimiento y explicaciones, no es más que una parte del cerebro que genera impulsos eléctricos que activan determinadas conexiones que nos hacen verificar que existen vacíos de información que no permiten completar una cadena lógica y conceptual. Y similar actividad cerebral seguramente se da cuando otra parte del cerebro, para completar la cadena conceptual y lógica se aferra a un paradigma mítico y asume o siente que hay algo ahí que nos ayuda a superar las penas y nos hace mejores personas"

Entonces es necesario asumir que somos esencialmente nuestro cuerpo físico. En primer lugar estamos sujetos, determinados, por las necesidades y la naturaleza de nuestro cuerpo. En última instancia todo está determinado por nuestro cuerpo físico. Sólo veamos lo que ocurre si ingerimos alcohol: cambiará nuestro ánimo, puede cambiar nuestra personalidad, y hasta podemos literalmente perder la conciencia. El hecho de que alguien quede en estado vegetativo es producto de una falla en su cerebro.
Por otra parte, la sociedad también nos determina. Victor Hugo nos dice que todos somos esencialmente buenos pero la sociedad nos corrompe. Por su parte, Dostoievski nos dice con preclara lucidez “Todos somos culpables al mismo tiempo que inocentes” La sociedad (todos) determina en alto grado los actos del individuo (otra vez todos), por lo que el individuo nunca es totalmente responsable. Ernesto Sábato, en “Sobre Héroes y Tumbas” nos muestra que la naturaleza humana determina de tal forma nuestros actos que prácticamente nos exonera de cualquier culpa.

Entonces resulta que no estamos condenados a ser libres. Hemos heredado de nuestros padres, abuelos y todos nuestros antepasados, no sólo nuestro aspecto físico sino nuestra conciencia, y de la naturaleza la misión de sobrevivir y de reproducirnos, lo que nos condena (o nos encadena). Así, no solo estamos condenados a ser quienes somos con todas las limitaciones de cada quien desde que somos concebidos, de tal palo tal astilla y genio y figura hasta la sepultura, sino que estamos determinados por nuestra naturaleza de seres vivos a ser simples instrumentos de nuestros instintos y por la sociedad a asumir distintas conductas para sentirnos parte de ella. Podemos ser libres seamos como seamos y lo que seamos. La libertad es algo que todos podemos gozar pero que es necesario conquistarla cada día y cada momento. Pero el problema de la libertad es un tema demasiado profundo y complejo para ser tratado de paso, y lo encararemos más adelante o en un futuro artículo.
Una vez que definida nuestra posición respecto a que lo esencial del ser humano es su cuerpo físico, nos toca encarar la cuestión que pretendemos desarrollar y explicar en este artículo, que es lo ilusorio de la existencia humana.  Es lo que estoy redactando y espero poder publicar los próximos días.



III
LO ILUSORIO DE LA EXISTENCIA

Para los existencialistas lo esencial es lo absurdo de toda existencia, incluso de la existencia humana y por ende de todo individuo. Lo absurdo del individuo fue expuesto, y yo creo que además ampliamente resuelto, por Albert Camus en su ensayo “El Mito de Sísifo”. 

La cuestión que pretendemos desarrollar y explicar en este artículo (capítulo) es en qué consiste lo ilusorio (lo no real) de la existencia humana. Comencemos por hacer algunas consideraciones.

Desde nuestros orígenes los seres humanos creamos dioses, héroes y leyendas, forjamos tradiciones, religiones, culturas, y construimos civilizaciones. Cada pueblo tiene conciencia de un largo  pasado y sueña con un mejor futuro, y  hoy, gracias al desarrollo de la ciencia, avizoramos millones de años el pasado y millones de años el futuro. Aunque todos los días somos testigos de nacimientos y muertes de individuos como nosotros, actuamos como si todos fuéramos pueblos, como si fuéramos o pudiéramos ser perpetuos.  Existe una profunda conciencia de unidad de la especie humana en cada uno de nosotros, una identificación del individuo con la totalidad. Esta identificación tiene distintas manifestaciones: las primeras y las principales son con la familia, con el terruño, con la patria y finalmente con toda la humanidad. Nos enorgullecemos de tener un pariente o un compatriota ilustre, o por los logros de los representantes de nuestros países en las competiciones deportivas. Y todos nos sentimos los orgullosos herederos de alguna gran civilización del pasado. Y de hecho lo somos. La humanidad avanza en el conocimiento y en su domino de la naturaleza como resultado de la conjunción de los avances de todos los pueblos de todos los tiempos. El progreso de todos los pueblos (aunque lamentablemente de unos más que de otros) es el resultado. Y todos somos los felices herederos de ese progreso.
Todos los pueblos pueden trascender el tiempo y muchos lo han hecho de forma inconmensurable. Y aunque la historia está llena de nombres que han trascendido hasta nuestros días, esa trascendencia sólo son pequeños hitos de la historia de sus pueblos. Toda existencia individual carece de sentido y es incomprensible al margen de la sociedad a la cual pertenece. La sociedad nos determina, y ésta, a diferencia de los individuos, tiene un pasado y un futuro que trasciende todos los tiempos. Y es en esta sociedad donde surge el hombre absurdo, el individuo totalmente libre, consciente de su intrascendencia, intentando ser feliz no sólo con ella sino gracias a ella.

Pero ¿cómo es posible concebir y aceptar el absurdo de la existencia como lo real y su sentido como lo ilusorio? La razón es que hay evidencias de ello. Todo lo que nace muere, todo envejece. Y antes de todo comienzo y después de todo final puede haber cualquier cosa. En la existencia del universo no existe el bello tránsito materialista (marxista) de lo simple a lo complejo, todo lo que surge desaparece y si vuelve a surgir lo hace debilitado, hasta que finalmente no surge más. Es evidente que este tránsito sí se observa en el fenómeno de la vida que conocemos y del cual formamos parte. La vida desde su surgimiento sí transita desde lo simple a lo complejo y esto le da un sentido del que el universo carece. Sin embargo la existencia de esta vida es también parte del siclo de existencia de las estrellas. Nuestra estrella, el sol, tiene sus días contados, y en sus estertores de muerte acabará con todo el sistema solar, con la tierra y todo lo que en ella existe. Además, la existencia de vida inteligente, o más propiamente la existencia de la humanidad, como la de tantas especies puede extinguirse por distintas circunstancias.

Imaginemos nuestra actitud ante esta hipotética situación: Si a partir de hoy todas las mujeres del mundo decidieran, en uso de sus derechos inviolables, no tener hijos, al cabo de unas décadas los últimos seres humanos morirían de viejos y la humanidad desaparecería para siempre del universo. Ante esta situación sin futuro se desnudaría lo atrozmente inútil y banal de toda la febril actividad humana. Existen dos posibles actitudes ante esa hipotética situación: a) sin nadie a quien heredar nuestros conocimiento y nuestros bienes, podemos abandonar todo proyecto y organizarnos para vivir todos felices los últimos días de la existencia humana, o b) Podemos declarar una locura y un crimen la actitud de las mujeres y fecundarlas contra su voluntad, con lo que conseguiríamos que las cosas sigan tal cual van. Sin embargo no existe la posibilidad de esta hipotética situación. La mujer nace para ser madre y siempre habrá mujeres deseosas de ser fecundadas. Ya dijo Freud que el instinto de vida es la energía de la libido.

El caso es que necesitamos y buscamos una brújula que guíe nuestra existencia. Varias y dispares son las provistas por la religión y la filosofía: humillación, renunciamiento, sufrimiento, placer, libertad. Pero el hombre, nunca totalmente convencido de esos argumentos, vive en función de su propia realidad y toma por asalto la felicidad.
Se cuenta que cuando un general victorioso desfilaba por las calles de Roma, tras él un siervo le decía “Memento mori” (recuerda que morirás) para que no pretendiese abusar de su poder. Esto no evitaba la serie de intrigas y crímenes por el poder, que sucedían entre los generales romanos. No basta con recordar que moriremos. Decía Fiodor Pavlovitch a su hijo más querido “A los cincuenta y cinco conservo la virilidad y espero que esto dure veinte años más. Pero envejeceré, mi aspecto será cada vez más repelente, las mujeres no vendrán a mí de buen grado y habré de atraérmelas por medio del dinero. Por eso quiero reunir mucho dinero y para mí solo, mi querido hijo Alexei Fiodorovitch. Te lo digo claramente: quiero llevar una vida de libertinaje hasta el fin de mis días. No hay nada comparable a ese modo de vivir”. En esta actitud se ve al hombre absurdo (en el sentido del Mito de Sísifo de Albert Camus), pero es el hombre sin ningún apego a la virtud, es el perfecto egoísta. Sin embargo esa actitud es perfectamente lógica desde la perspectiva del hombre absurdo.

Dice Camus “Podemos ser cualquier cosa, pero podemos decidir ser virtuosos” El existencialismo niega las condicionantes que alejan al hombre de la virtud, y asume que el bribón y el egoísta son lo que decidieron ser, porque “estamos condenados a ser libres”, y no existe nada que nos motive a la virtud aparte de nuestra propia decisión. Pero es claro y evidente que la sociedad exige de cada uno de nosotros un comportamiento altruista. De no primar la solidaridad en la sociedad no existiría la civilización humana.

Lo ilusorio de la existencia humana es el individuo como categoría ontológica. Y es que en realidad sólo somos parte de las células que conforman las sociedades humanas. Dado que las células de un organismo son parte de él, su existencia fuera del mismo es imposible. Las células de nuestros tejidos nacen y mueren como parte de ellos, y aunque son individuos y se comportan como tales, su existencia es impensable de forma aislada. Lo mismo, pero de modo más acentuado, ocurre con los seres humanos. Más acentuado porque mientras las células se reproducen solas, nosotros debemos unirnos a otro individuo para poder reproducirnos (hasta podemos decir que nosotros somos a lo sumo la mitad de un individuo). Y es absolutamente indiscutible que nuestra existencia depende de la de los demás. Todo, absolutamente todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido y lo recibimos de los demás.

Somos parte inseparable de una sociedad y nuestro aislamiento (nuestra existencia como individuos) no pasa de ser una abstracción, un ejercicio mental, algo que no existe ni puede existir en la realidad. La conciencia de esto reviste una importancia máxima. Nos otorga un norte claro. Nos muestra que el altruismo es necesario y beneficioso para todos. Nos muestra que no importa el lugar de cada individuo en la sociedad, su función es igualmente importante para el bienestar de ésta y merece todo nuestro respeto y valoración. También nos muestra claramente que todo lo que somos y tenemos, pero absolutamente todo, lo hemos recibido de los demás (Proudhon llegó a decir que la propiedad es un robo), lo debemos a los demás primero que a nosotros mismos.

Siguiendo con la analogía de la célula en los organismos y del individuo en la sociedad (y no es que pretenda que esta analogía es lo que sustenta lo que aquí planteo, pero es verdaderamente ilustrativa), cada célula cumple una función vital para el organismo del que forma parte, e individualmente nacen y mueren para sustentar la existencia de ese organismo. Sin embargo, si una sola célula deja de cumplir su función, deja de funcionar para el organismo y empieza a funcionar para sí misma, condena al individuo a la muerte, puesto que se alimentará y reproducirá hasta convertirse en un tumor doloroso que continuará creciendo minando al organismo del que formaba parte hasta acabar con él, lo que conllevará al mismo tiempo su propia muerte. Así cada individuo, como célula de la sociedad, debe necesariamente cumplir una función en beneficio de ésta para no convertirse en un cáncer que se debe extirpar. El egoísmo es el cáncer de la sociedad.  

Así, la existencia de cada uno encuentra su sentido y su lógica en el hecho de aportar al bienestar de nuestra familia y nuestra sociedad, el hombre común procura proveer a sus hijos los bienes que él no tuvo, y en general ¿quién no se sentiría justificado de obrar para la posteridad? El bien común es el camino, es la luz que nos debe guiar y es lo único que puede redimirnos de toda culpa (porque cualquier acción que se asume en aras del bien común se justifica por sí misma).  Ya no son necesarios ni el cielo ni el infierno.
Una vez superado el concepto del individuo como existencia aislada, cobra sentido claro todo lo que nos enseñan los grandes espíritus de todos los tiempos. La sociedad no sólo precisa que cumplamos una función altruista, también precisa héroes. El heroísmo es la máxima expresión de la nobleza humana.
Ahora podemos entender lo que vislumbró tan claramente Dostievsky “todos somos tan culpables como inocentes”. Si somos parte activa de la sociedad somos responsables de su naturaleza y culpables de sus males, pero, al mismo tiempo, como individuos somos determinados por la sociedad, y en ese orden somos inocentes. Ya Víctor Hugo nos decía que el hombre es noble por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe.

La sociedad viene progresando y cada vez se imponen valores más universales, más equitativos y más altruistas. El desarrollo de la ciencia y la tecnología nos proporcionan cada vez mayor progreso material, es decir capacidad de producir más bienes, no sólo para satisfacer las necesidades, sino fundamentalmente para reducir las desigualdades en nuestra capacidad de consumo. Esto nos permite vislumbrar un futuro con menos delincuencia y menos guerra, un futuro de fraternidad. Más adelante analizaremos la relación entre estos últimos aspectos.
Por mi parte estoy convencido de que como humanidad sobreviviremos a la muerte de nuestra estrella; es un desafío que ya nos hemos planteado y con nuestros conocimientos actuales ya vislumbramos cómo conseguirlo. Y cada vez conocemos más la naturaleza y las leyes del universo. Quizá en un futuro lejano lleguemos a crear universos a nuestro antojo. La aventura de nuestra existencia como especie (como sociedad) basta y sobra como sentido y razón de cada ser humano.



IV
LA LIBERTAD DEBE SER CONQUISTADA

Después de muchas de dudas y de muchos esfuerzos por superarlas, he tenido que quedarme todavía con muchas de ellas. Pero debía terminar este capítulo, así que redacté lo mejor que pude esta percepción de la libertad. Espero contribuya en algo al objetivo de una sociedad mejor.



Hasta aquí hemos arribado a dos conclusiones principales: 1) los seres humanos somos esencialmente nuestro cuerpo físico pero nuestra conciencia puede determinarnos y 2) el error de toda filosofía de la existencia es abstraer al individuo de la sociedad, siendo éste parte inseparable de ella. Estas dos conclusiones nos llevan, en estricta lógica, a otras muchas, una de las más importantes se refiere a la libertad.
El problema de la libertad es fundamental porque determina nuestra responsabilidad. Si somos completamente libres entonces somos completamente responsables de todos nuestros actos. Su importancia radica en que puede mostrarnos hasta dónde podemos condenar y hasta dónde debemos socorrer a nuestros semejantes.
Dice Baruch Spinoza (que en mi opinión es quien más se acerca a la realidad en este aspecto)  “el hombre está determinado por leyes universales que lo condicionan mediante la ley de la preservación de la vida. Ser libre es regirse por la razón frente a la sumisión”.  Por otra parte, Spinoza también afirma que la actividad más importante que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre. Expongo estas citas de Spinoza porque considero que abarca dos aspectos fundamentales (La razón y el entendimiento) que nos permiten conquistar la libertad en su mayor amplitud.

Anteriormente ya hemos afirmado que la libertad se debe conquistar y que sus principales determinantes son nuestra naturaleza y la sociedad. Recapitulando lo dicho: la libertad tiene que ver con nuestra naturaleza como seres humanos y con lo determinado por nuestra herencia genética, es decir con nuestras características individuales, por una parte, y con lo determinado por nuestra herencia cultural, es decir por la sociedad, por otra. Todos nacemos con las mismas necesidades primarias (nuestra naturaleza humana) y estamos condicionados por la moral y las leyes de cada tiempo y lugar (nuestra herencia cultural) pero con distintas maneras de enfrentar las mismas situaciones (es nuestra herencia genética).
Pero trasversalmente a esos tres aspectos, la libertad está determinada por la capacidad material de la sociedad para satisfacer las necesidades naturales de sus miembros y las que ella misma genera en ellos para acceder a una vida con ciertos estándares de bienestar, estándares que cambian con cada tiempo y lugar.

Entendiendo que en la realidad todo está íntimamente interrelacionado y que su separación en partes sólo es una abstracción con fines prácticos, los aspectos desagregados de las tres determinantes de la libertad son:
Determinante 1. La naturaleza humana

a)      Los instintos que nos permiten sobrevivir y reproducirnos
b)      Nuestra condición gregaria

Determinante 2. Nuestra herencia genética
a)      Nuestras características físicas
b)      Nuestras características emotivas
Determinante 3. La sociedad

c)       La moral y las leyes.
d)      El desarrollo del conocimiento o la conciencia de la realidad
e)      La capacidad de la sociedad para satisfacer las necesidades naturales y sociales
Desde los albores de la humanidad los instintos que nos permiten sobrevivir y reproducirnos son los primeros condicionantes de nuestra libertad. No puedo decidir tener hambre o no, o tener libido o no. En este ámbito la libertad comienza cuando estos instintos están satisfechos. Entonces podemos decidir qué hacer con el tiempo que nos quede libre. Por otro lado, nacemos como parte de un grupo, sea pequeño o grande. Todo lo que hagamos estará en función de nuestras relaciones de grupo. Nuestra libertad está determinada por la organización del grupo.

Es evidente que nuestras características físicas limitan nuestras aspiraciones en algunos campos, como los deportes, aunque estos campos son cada vez menores. Sin embargo, nuestras características emotivas nos determinan en mucha mayor medida, pero de forma mucho menos evidente. Muchas personas reaccionarán de formas muy diferentes y hasta opuestas ante las mismas situaciones. La diversidad de los seres humanos hace que lo que para unos es una necesidad para otros es una molestia. Lo sensato es no exigir ni esperar lo mismo de todos. Ejemplos sobran. Sobre gustos no hay disgustos. Es nuestra herencia genética. Aquí aplica el adagio “Tu libertad termina donde comienzan mis derechos”.
La moral y las leyes nos determinan en sumo grado. Pero para empezar debo destacar que parto de la constatación de que la moral ha evolucionado y evoluciona hacia el bien común, en tanto el desarrollo de las fuerzas productivas permite una mayor satisfacción de las necesidades y el conocimiento científico nos da mayores luces. No desmerezco las consideraciones de Nietzsche en su “Genealogía de la Moral” ni niego que la moral dominante refleja los intereses de los sectores dominantes de la sociedad, como tampoco niego que la moral y las leyes han servido y servirán tanto para frenar nuestro desarrollo como para impulsarlo; pero sostengo que en su evolución y universalización la moral se acerca cada vez en mayor grado al interés del bien común, los intereses comunes, como la justicia, la paz, la libertad, la solidaridad, la fraternidad, la igualdad de derechos y oportunidades, el altruismo,  y otros muchos valores  que la humanidad ha desarrollado en función del bien común.  El grado en que nos determinan la moral y las leyes se hace más evidente cuando comparamos distintas épocas y distintos lugares. Para los vikingos era perfectamente aceptable matar para apropiarse de los bienes ajenos. Se cuenta de un rey vikingo que habiendo encontrado una casa sin su dueño, tomó varias cosas y se las llevó, pero a poco de alejarse sintió vergüenza por haberse comportado como un vulgar ladrón, y regresando a la casa, esperó a su dueño y le dio muerte; solo así pudo irse tranquilo. Pero la moral y las leyes de una sociedad frecuentemente se enfrentan a una moral distinta en distintos grupos de personas y hasta en distintas personas. En algunos aspectos cada uno tiene su propia moral. Existen la moral del criminal, la moral del oportunista, la moral del virtuoso, etc. Es importante recordar que existen ciudades donde se devuelven los objetos perdidos y ciudades donde nos pueden quitar la vida por quitarnos esos mismos objetos. Esto demuestra que la sociedad es responsable de la delincuencia tanto o más que los propios delincuentes. La miseria y la ostentación están en la génesis del ladrón y el bribón.

El desarrollo del conocimiento y la conciencia de la realidad son sin duda la base de la libertad. El desarrollo del conocimiento es algo que se percibe y se comprende con total claridad.  Nos permite el dominio de la naturaleza a través del desarrollo de tecnologías. Nos permite vencer y erradicar enfermedades y plagas o fabricar instrumentos y objetos maravillosos aplicando procesos que podemos repetir y mejorar. La conciencia de la realidad es igualmente importante pero mucho más sutil. Nos permite del desarrollo de la moral y las leyes. Como ejemplo podemos mencionar la prohibición de las drogas.  Estas leyes y preceptos morales asumen que las drogas son malas y el narcotraficante es el culpable de su consumo. Sin embargo su prohibición incrementa su consumo y genera males inconmensurablemente mayores al que pretende evitar. Las drogas son peligrosas y su consumo y fabricación requieren extremados controles y mucha información, pero el prohibirlas origina todo lo contrario; se fabrican si ningún control y se origina un negocio cuyas exorbitantes ganancias inducen a los hombres a toda clase de crímenes; las muertes por intoxicación son muy pocas compradas con las muertes por narcotráfico, y para agravar la cosa las intoxicaciones son mayormente debidas a la adulteración de las drogas. Otro ejemplo es la obligación de usar cinturones de seguridad cuando se conduce bajo pena de multas y otras sanciones; es vano obligarnos a cuidar de nosotros mismos mientras conducimos, cuando somos libres de tomar toda clase de riesgos en deportes extremos; basta con que los fabricantes de carros tengan la obligación de incluir cinturones de seguridad para que el conductor pueda hacer uso de ellos cuando lo considere pertinente; no podemos prohibir el suicidio con pena de muerte. La conciencia de la realidad es el proceso más complejo y difícil para la conquista de la libertad, puesto que requiere que esa conciencia sea colectiva.
Finalmente está la capacidad que tiene una sociedad para satisfacer las complejas necesidades de sus miembros. Pero su relación con la libertad es menos evidente. Sin embargo podemos afirmar que hay cosas que todos hacemos simplemente por necesidad, y no las haríamos si tuviéramos la libertad de no hacerlas. Nuestras necesidades determinan y limitan la libertad, y es únicamente la sociedad la que puede satisfacerlas. Imaginemos una sociedad tan bien organizada que tenga cabida y remuneración para todas las vocaciones, gustos y capacidades. Sería la sociedad de la libertad.

Lo que pretendo demostrar con estas pequeñas consideraciones, es que al no ser completamente libres no podemos ser completamente culpables. Es necesario aislar al criminal como protección a la sociedad y es necesario castigarlo como testimonio de su desavenencia con ella. Pero eso no debe eximirnos de nuestro deber de socorrerlo, de nuestro esfuerzo por redimirlo.

martes, 25 de marzo de 2014

Presentación

Escribir es una necesidad que nace cuando las cosas que nos conmueven rebasan los conceptos comunes cuestionándolos y exigiendo otros nuevos. En ese caso no sería posible comunicarlo o discutirlo plenamente en una conversación verbal con otra persona, puesto que presenta contradicciones con nosotros mismos que surgen permanentemente y que exigen ser resueltas también permanentemente, lo cual se convierte precisamente en motivo de esa necesidad. Es por tanto una conversación que sólo podemos tenerla con nosotros mismos y que nos exige máxima desinhibición y honradez.

En este blog voy a publicar pues ese tipo de conversaciones. Algunas en forma de pequeños artículos (que espero sean embriones o partes de algún ensayo futuro), y otros en formas más elaboradas, como cuentos y poemas.

Agradeceré cualquier comentario o discusión.

Erle Rosas