lunes, 14 de julio de 2014

LO ILUSORIO DE LA EXISTENCIA HUMANA


La cuestión que pretendemos desarrollar y explicar en este artículo (capítulo) es en qué consiste lo ilusorio (lo no real) de la existencia humana. Comencemos por hacer algunas consideraciones.

Desde nuestros orígenes los seres humanos creamos dioses, héroes y leyendas, forjamos tradiciones, religiones, culturas, y construimos civilizaciones. Cada pueblo tiene conciencia de un largo  pasado y sueña con un mejor futuro, y  hoy, gracias al desarrollo de la ciencia, avizoramos millones de años el pasado y millones de años el futuro. Aunque todos los días somos testigos de nacimientos y muertes de individuos como nosotros, actuamos como si todos fuéramos pueblos, como si fuéramos o pudiéramos ser perpetuos.  Existe una profunda conciencia de unidad de la especie humana en cada uno de nosotros, una identificación del individuo con la totalidad. Esta identificación tiene distintas manifestaciones: las primeras y las principales son con la familia, con el terruño, con la patria y finalmente con toda la humanidad. Nos enorgullecemos de tener un pariente o un compatriota ilustre, o por los logros de los representantes de nuestros países en las competiciones deportivas. Y todos nos sentimos los orgullosos herederos de alguna gran civilización del pasado. Y de hecho lo somos. La humanidad avanza en el conocimiento y en su domino de la naturaleza como resultado de la conjunción de los avances de todos los pueblos de todos los tiempos. El progreso de todos los pueblos (aunque lamentablemente de unos más que de otros) es el resultado. Y todos somos los felices herederos de ese progreso.

Todos los pueblos pueden trascender el tiempo y muchos lo han hecho de forma inconmensurable. Y aunque la historia está llena de nombres que han trascendido hasta nuestros días, esa trascendencia sólo son pequeños hitos de la historia de sus pueblos. Toda existencia individual carece de sentido y es incomprensible al margen de la sociedad a la cual pertenece. La sociedad nos determina, y ésta, a diferencia de los individuos, tiene un pasado y un futuro que trasciende todos los tiempos. Y es en esta sociedad donde surge el hombre absurdo, el individuo totalmente libre, consciente de su intrascendencia, intentando ser feliz no sólo con ella sino gracias a ella.

Pero ¿cómo es posible concebir y aceptar el absurdo de la existencia como lo real y su sentido como lo ilusorio? La razón es que hay evidencias de ello. Todo lo que nace muere, todo envejece. Y antes de todo comienzo y después de todo final puede haber cualquier cosa. En la existencia del universo no existe el bello tránsito materialista (marxista) de lo simple a lo complejo, todo lo que surge desaparece y si vuelve a surgir lo hace debilitado, hasta que finalmente no surge más. Es evidente que este tránsito sí se observa en el fenómeno de la vida que conocemos y del cual formamos parte. La vida desde su surgimiento sí transita desde lo simple a lo complejo y esto le da un sentido del que el universo carece. Sin embargo la existencia de esta vida es también parte del siclo de existencia de las estrellas. Nuestra estrella, el sol, tiene sus días contados, y en sus estertores de muerte acabará con todo el sistema solar, con la tierra y todo lo que en ella existe. Además, la existencia de vida inteligente, o más propiamente la existencia de la humanidad, como la de tantas especies puede extinguirse por distintas circunstancias.

Imaginemos nuestra actitud ante esta hipotética situación: Si a partir de hoy todas las mujeres del mundo decidieran, en uso de sus derechos inviolables, no tener hijos, al cabo de unas décadas los últimos seres humanos morirían de viejos y la humanidad desaparecería para siempre del universo. Ante esta situación sin futuro se desnudaría lo atrozmente inútil y banal de toda la febril actividad humana. Existen dos posibles actitudes ante esa hipotética situación: a) sin nadie a quien heredar nuestros conocimiento y nuestros bienes, podemos abandonar todo proyecto y organizarnos para vivir todos felices los últimos días de la existencia humana, o b) Podemos declarar una locura y un crimen la actitud de las mujeres y fecundarlas contra su voluntad, con lo que conseguiríamos que las cosas sigan tal cual van. Sin embargo no existe la posibilidad de esta hipotética situación. La mujer nace para ser madre y siempre habrá mujeres deseosas de ser fecundadas. Ya dijo Freud que el instinto de vida es la energía de la libido.

El caso es que necesitamos y buscamos una brújula que guíe nuestra existencia. Varias y dispares son las provistas por la religión y la filosofía: humillación, renunciamiento, sufrimiento, placer, libertad. Pero el hombre, nunca totalmente convencido de esos argumentos, vive en función de su propia realidad y toma por asalto la felicidad.

Se cuenta que cuando un general victorioso desfilaba por las calles de Roma, tras él un siervo le decía “Memento mori” (recuerda que morirás) para que no pretendiese abusar de su poder. Esto no evitaba la serie de intrigas y crímenes por el poder, que sucedían entre los generales romanos. No basta con recordar que moriremos. Decía Fiodor Pavlovitch a su hijo más querido “A los cincuenta y cinco conservo la virilidad y espero que esto dure veinte años más. Pero envejeceré, mi aspecto será cada vez más repelente, las mujeres no vendrán a mí de buen grado y habré de atraérmelas por medio del dinero. Por eso quiero reunir mucho dinero y para mí solo, mi querido hijo Alexei Fiodorovitch. Te lo digo claramente: quiero llevar una vida de libertinaje hasta el fin de mis días. No hay nada comparable a ese modo de vivir”. En esta actitud se ve al hombre absurdo (en el sentido del Mito de Sísifo de Albert Camus), pero es el hombre sin ningún apego a la virtud, es el perfecto egoísta. Sin embargo esa actitud es perfectamente lógica desde la perspectiva del hombre absurdo.

Dice Camus “Podemos ser cualquier cosa, pero podemos decidir ser virtuosos” El existencialismo niega las condicionantes que alejan al hombre de la virtud, y asume que el bribón y el egoísta son lo que decidieron ser, porque “estamos condenados a ser libres”, y no existe nada que nos motive a la virtud aparte de nuestra propia decisión. Pero es claro y evidente que la sociedad exige de cada uno de nosotros un comportamiento altruista. De no primar la solidaridad en la sociedad no existiría la civilización humana.

Lo ilusorio de la existencia humana es el individuo como categoría ontológica. Y es que en realidad sólo somos parte de las células que conforman las sociedades humanas. Dado que las células de un organismo son parte de él, su existencia fuera del mismo es imposible. Las células de nuestros tejidos nacen y mueren como parte de ellos, y aunque son individuos y se comportan como tales, su existencia es impensable de forma aislada. Lo mismo, pero de modo más acentuado, ocurre con los seres humanos. Más acentuado porque mientras las células se reproducen solas, nosotros debemos unirnos a otro individuo para poder reproducirnos (hasta podemos decir que nosotros somos a lo sumo la mitad de un individuo). Y es absolutamente indiscutible que nuestra existencia depende de la de los demás. Todo, absolutamente todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido y lo recibimos de los demás.

Somos parte inseparable de una sociedad y nuestro aislamiento (nuestra existencia como individuos) no pasa de ser una abstracción, un ejercicio mental, algo que no existe ni puede existir en la realidad. La conciencia de esto reviste una importancia máxima. Nos otorga un norte claro. Nos muestra que el altruismo es necesario y beneficioso para todos. Nos muestra que no importa el lugar de cada individuo en la sociedad, su función es igualmente importante para el bienestar de ésta y merece todo nuestro respeto y valoración. También nos muestra claramente que todo lo que somos y tenemos, pero absolutamente todo, lo hemos recibido de los demás (Proudhon llegó a decir que la propiedad es un robo), lo debemos a los demás primero que a nosotros mismos.

Siguiendo con la analogía de la célula en los organismos y del individuo en la sociedad (y no es que pretenda que esta analogía es lo que sustenta lo que aquí planteo, pero es verdaderamente ilustrativa), cada célula cumple una función vital para el organismo del que forma parte, e individualmente nacen y mueren para sustentar la existencia de ese organismo. Sin embargo, si una sola célula deja de cumplir su función, deja de funcionar para el organismo y empieza a funcionar para sí misma, condena al individuo a la muerte, puesto que se alimentará y reproducirá hasta convertirse en un tumor doloroso que continuará creciendo minando al organismo del que formaba parte hasta acabar con él, lo que conllevará al mismo tiempo su propia muerte. Así cada individuo, como célula de la sociedad, debe necesariamente cumplir una función en beneficio de ésta para no convertirse en un cáncer que se debe extirpar. El egoísmo es el cáncer de la sociedad.  

Así, la existencia de cada uno encuentra su sentido y su lógica en el hecho de aportar al bienestar de nuestra familia y nuestra sociedad, el hombre común procura proveer a sus hijos los bienes que él no tuvo, y en general ¿quién no se sentiría justificado de obrar para la posteridad? El bien común es el camino, es la luz que nos debe guiar y es lo único que puede redimirnos de toda culpa (porque cualquier acción que se asume en aras del bien común se justifica por sí misma).  Ya no son necesarios ni el cielo ni el infierno.

Una vez superado el concepto del individuo como existencia aislada, cobra sentido claro todo lo que nos enseñan los grandes espíritus de todos los tiempos. La sociedad no sólo precisa que cumplamos una función altruista, también precisa héroes. El heroísmo es la máxima expresión de la nobleza humana.

Ahora podemos entender lo que vislumbró tan claramente Dostievsky “todos somos tan culpables como inocentes”. Si somos parte activa de la sociedad somos responsables de su naturaleza y culpables de sus males, pero, al mismo tiempo, como individuos somos determinados por la sociedad, y en ese orden somos inocentes. Ya Víctor Hugo nos decía que el hombre es noble por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe.

La sociedad viene progresando y cada vez se imponen valores más universales, más equitativos y más altruistas. El desarrollo de la ciencia y la tecnología nos proporcionan cada vez mayor progreso material, es decir capacidad de producir más bienes, no sólo para satisfacer las necesidades, sino fundamentalmente para reducir las desigualdades en nuestra capacidad de consumo. Esto nos permite vislumbrar un futuro con menos delincuencia y menos guerra, un futuro de fraternidad. Más adelante analizaremos la relación entre estos últimos aspectos.

Por mi parte estoy convencido de que como humanidad sobreviviremos a la muerte de nuestra estrella; es un desafío que ya nos hemos planteado y con nuestros conocimientos actuales ya vislumbramos cómo conseguirlo. Y cada vez conocemos más la naturaleza y las leyes del universo. Quizá en un futuro lejano lleguemos a crear universos a nuestro antojo. La aventura de nuestra existencia como especie (como sociedad) basta y sobra como sentido y razón de cada ser humano.

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